La iluminación de las minas

Desde los orígenes de la minería subterránea, los mineros, privados de la luz solar, en un ambiente de absoluta oscuridad, precisaron de iluminación artificial para desarrollar su trabajo.

Durante muchos siglos aplicaron los mismos sistemas que utilizaban para alumbrarse por la noche, como antorchas o teas. Los romanos introdujeron en sus minas las lucernas y los árabes candiles de arcilla, que con los años se sustituyeron por otros de hierro, mucho más resistentes, como el candil de copa o el de estribo también llamado sapo, con forma de lenteja.

Los sistemas de iluminación mineros continuaron mejorando, todos los avances en el sector tenían un único propósito aumentar la potencia lumínica en el interior y crear así un ambiente de trabajo más propicio. Pero con el auge de la minería del carbón, auspiciado por la revolución industrial, un nuevo factor entra en juego: la seguridad.

Durante esta época el carbón se convirtió en la principal fuente de energía y en estas explotaciones fue donde empezaron a comprobarse los nefastos resultados del contacto entre las lámparas de llama viva y el grisú. Los orígenes de la primera lámpara de seguridad se remontan al 1 de enero de 1816, cuando el ingeniero inglés, Humphrey Davy, experimentó con una tela metálica de hierro que rodeaba la llama, evitando así que el gas enfriado entrase en explosión al contacto con esta. Los primeros prototipos mostraron varios inconvenientes y apenas iluminaban lo suficiente, así surgen las lámparas Clanny, Dubrulle, Mueseler., Marsaut o Wolf, que extenderán su uso por las minas de todo el mundo.

A finales del siglo XIX aparecen las primeras patentes del carburo o lámpara de acetileno, un nuevo sistema de iluminación de llama directa, que durante la primera mitad del siglo XX se extenderá por las minas exentas de atmósferas peligrosas, debido a su bajo coste y a su gran poder lumínico.

Durante los primeros años de implantación de los carburos, los candiles y los sapos, convivieron con estas y con las cada vez más modernas lámparas de seguridad. Las investigaciones en este campo no se redujeron solo a las lámparas de llama directa, un nuevo sistema, que llevaba experimentándose desde el siglo XIX, comienza a difundirse en las minas, en la década de los veinte; la lámpara eléctrica de mano. Aunque eran más pesadas y no alertaban de la presencia del grisú, su gran potencia lumínica provocó que las principales explotaciones adoptaran su uso, manteniendo las antiguas lámparas de seguridad para señalizar la aparición del gas.

Los modernos sistemas de detección de grisú convirtieron en obsoletas a las viejas lámparas de seguridad, mientras que la iluminación eléctrica dio un paso más con la aparición de las lámparas de casco, mucho más cómodas que las anteriores.

José Luis de la Cruz

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