Historia de Doña Ines de Suarez nunca filatelizada

Relato o conseja donde se cuenta la edificante historia  de la nunca filatelizada Doña Ines de Suarez y el postrero y póstumo homenaje que le fizo un ilustre pintor de la Corte.

Todo lo que voy a relatar a quienes me leyeren es una conseja o cuento nuevo que me trasladó a papel un escribiente de la Corte, el cual a su vez lo tenía oído de otros infantes y gente de alegre y ociosa vida; lo cual sea suficiente para afirmar que no ha de hacérsele más caso que al divertimento y ficción que es. Por ello, ruego que a ninguna persona discreta causen asombro los hechos que a continuación se narran, ni tenga por huero y de poco seso a quien los glosa.

Cuenta esta alegre gente cortesana que, allá por el año del Señor de 2.006, unas personas principales de la Noble y Leal ciudad de Plasencia consideraron que sería bueno, para dar más fama y honra a su lugar, hacer alguna suerte de homenaje a una ilustre persona allí nacida, con motivo del aniversario quinientos de su nacimiento. En efeto, cinco siglos atrás, en el año de 1.507, había venido al mundo en Plasencia Doña Inés de Suárez, personaje histórico vinculado a la heroica y a veces denostada epopeya de la conquista americana por nuestro Imperio. Como es sabido, muchos hidalgos y aventureros, originarios en gran medida de nuestra tierra extremeña, tuvieron su parte en tal conquista, y Doña Inés de Suárez se halla entre estos ilustres nombres.

Antes de pasar adelante, permítame el lector que le dé razón de quién fue Doña Inés de Suárez, muy por de menudo. Llegada a América como viuda de soldado español en 1.537, se asentó en tierras del Virreinato del Perú, en las cuales conoció al grande Don Pedro de Valdivia, que por cierto, también era extremeño, nacido en Villanueva de la Serena, aunque algunos sitúan su nacimiento en la cercana Castuera, asunto sobre el que no he hecho mayor indagación, por no ser del caso, y por no dar pesadumbre al lector con tanto circunloquio. Digo que, así que se conocieron ambos, pasaron en su trato al de amantes declarados, pues Don Pedro tenía a una su esposa allende los mares y esto venía a ser como tener un arcabuz en la Ínsula Trapobana. Doña Inés llegó a ser un personaje muy popular entre los asentados en Chile, y cuentan que fue el mejor apoyo en lo personal y en lo militar de Don Pedro. Así, es descrita por quienes la conocieron como “mujer de extraordinario arrojo y lealtad, discreta, sensata y bondadosa”, virtudes que, todas en su conjunto y cada una de por sí, dicen mucho de quien las posee. Así debió de ser, pues Doña Inés colaboró directamente con Don Pedro en la conquista de Chile, y ambos pudiera decirse que fueron cofundadores de la ciudad que dieron en llamar Santiago del Nuevo Extremo en 1.541. No siendo bien visto el ejemplo de su romance con Don Pedro por los clérigos del lugar, Doña Inés casó por presiones del Virrey del Perú, Don Pedro de la Gasca, con el capitán Don Rodrigo de Quiroga, y llevó una vida piadosa y discreta, a tal punto que contribuyó a la construcción del templo de la Merced y de la ermita de Montserrat, ambas en Santiago. Después de su muerte en 1.580, dejó memoria para muchos de sus convecinos de ser persona de valor y arrojo similares a Santa Juana de Arco o al Cid Ruy Díaz, y en esa alta estima es hoy tenida en la felice tierra de Chile, al punto de ser uno de sus principales personajes históricos. Para no quedar por embaucador y fantasioso quien esto escribe, puede leerse y atestiguarse su vida en el libro que compuso la ilustre escritora chilena Isabel Allende, bajo el título “Inés del Alma Mía”, también en el año de 2.006, muy celebrado por sus lectores y críticos. Tengo para mí que esta obra, de hallarse en el aposento de los libros de Don Quijote – quien lo habría comprado sin duda, de haberlo conocido, por las heroicas hazañas de Doña Inés –  pasaría bonitamente el donoso escrutinio del cura y del barbero sin perecer en el fuego del ama.

                 

No tenemos retrato ni imagen pintada de Doña Inés de Suárez, pero el lector podrá tomar idea de sus rasgos y arrojo por estas dos representaciones, la una tomada del libro de Isabel Allende, y la otra, de un fresco idealizador de su arrojo militar que se halla en Chile.

Una vez dada cuenta de quien fue nuestra heroína, contaremos la curiosa historia que da fundamento a este relato. Como decía en el principio del mesmo, quisieron sus paisanos placentinos hacer honroso homenaje a Doña Inés al cumplirse los quinientos años de su nacimiento, y para ello consideraron que sería idóneo y bien pensado el promover la emisión de un sello o timbre de los que se pegan a las cartas del Correo de su Majestad para circular por todo el Reino, y aún por otros reinos cristianos y por ultramar. Tal sello habría de llevar representada muy al vivo la imagen de Doña Inés, con una leyenda que hiciera memoria de su quinto centenario. Movidos por tan justa empresa, los vecinos principales de Plasencia, y aún el alcalde de la ciudad, remitieron cartas a la Corte, dando razón del hecho que se quería inmortalizar en el sello, para que la autoridad a quien competiese tuviera a bien aprobar la emisión del timbre deseado. Hago sabedores a los lectores que, en el año de 2.006, la competencia para elegir los motivos más adecuados que habían de ilustrar los sellos del Reino recaía en unos señores veedores muy versados y nombrados a tal efeto por su Majestad. Esto señores principales, de noble posición, se reunían y despachaban en un gabinete que dábase en llamar Comisión de Programación de Emisiones de Sellos y demás Signos de Franqueo, nombre altisonante y solemne que hacía honor a los graves asuntos que en el tal sitio se trataban.

Llegado el momento de reunirse quienes integraban la dicha Comisión, les fue dada cuenta de las peticiones de sellos que para el año 2.007 se habían recibido de todos los rincones del Reino, siendo algunas de ellas adoptadas como pertinentes y siendo otras desechadas por inoportunas, vanas o herejes. Entre éstas últimas se hallaba, para desdicha de los buenos placentinos, la que defendía la causa de Doña Inés de Suárez. Habiendo acaso entre los ilustres integrantes de la Comisión algún simpatizante de Doña Inés, inquirió a los adversos la causa de su descarte, siendo contestado con razonamientos de relativo peso y desaire, como el considerar que haber sido amante de Don Pedro de Valdivia redundaba en su deshonra y daba mal ejemplo, o el considerar que su relevancia histórica es menor de la pintada por los placentinos, y aún por todo el pueblo chileno, si allí delante se hallase.

Con gran pesadumbre se recibió la mala nueva del descarte del sello de Doña Inés por sus paisanos, y con peor humor las chanzas que recibió su idea en la Corte, pero no por ello se desanimaron aquéllos, sino que decidieron recurrir en la adversidad al ingenio, y así burlar a los cortesanos que tan mal habían apreciado a su heroína. Para ello se valieron de un pintor conocido de la Corte, a quien su Majestad tenía encomendado el idear y pintar precisamente sellos del Correo Real. Este grande artista es Don Enrique de Jiménez y Carrero, natural de Granadilla, pero muy vinculado precisamente con la ciudad de Plasencia, de la cual recibió el honroso título de Hijo Adoptivo en el año 2.005. Deudo con la ciudad del Jerte por esta y otras mercedes y honras recebidas, el pintor se vio conmovido por los ruegos de los placentinos, y se propuso en su corazón de dar cumplido homenaje filatélico a Doña Inés en la primera ocasión que se le ofreciese, sea en tiempo breve, o en momento más dilatado.

No hubo de esperar sino un año el pintor para llevar a cabo su industria. En el año 2.008 le fue encomendado por su Majestad una pintura que habría de ilustrar una hojita, de mayor formato que un sello, dedicado a la carta como mensaje universal. Así, tomando este tema por norte, y bajo el título y la advocación de “Europa”, Don Enrique pintó con singular maestría y traza una imagen que parécese a las naturalezas muertas de los artistas flamencos. Se trata de una representación de una carta abierta, y un recipiente con flores en colores cálidos sobre una repisa o punto de apoyo semejante. La imagen impresa en el sello es la que a continuación se ofrece al lector:

Esta es la hojita de “tema Europa” que diose a las casas de postas en fecha 23 de abril de 2.008. De nadie fue advertido el ardid y la mención que esta pintura llevada a sello contiene en referencia a Doña Inés de Suárez, quedando por representación de carta abierta con flor, sin otro significado ni alcance. Pero algunos cortesanos ociosos cayeron en la ocurrencia del pintor tiempo después, cuando leyeron la explicación que, al ser presentada la hojita, dieron los señores veedores de la Comisión en la premática que justifica su impresión. Así, tal disposición dice: “el sello que se emite forma parte de una hoja bloque (digo de mi cosecha que no es tal, sino hojita) que recrea una composición romántica. Para ello, el autor del diseño, J. Carrero, utiliza un tipo de pintura figurativa dando lugar a una escenografía en la que aparecen elementos de la vida cotidiana, como una repisa, un vaso con flores multicolores, cartas escritas y sobres con signos de franqueo, formando un conjunto armónico en el que la carta toma el protagonismo de la imagen con un escrito que se inicia con la frase: Querida Inés del Alma Mía…” ¡Válame Dios, y que impresión recibieron quienes, conocedores del caso, leyeron estas últimas palabras!. ¡La Inés del Alma Mía, sin duda la misma del libro de Doña Isabel Allende, no es otra que Doña Inés de Suárez!

Movido por la curiosidad de conocer todas las huellas que nos había dejado el pintor en su cuadro en homenaje a Doña Inés de Suárez, un cortesano más discreto tomó unos quevedos u otro ingenio óptico, y dio cumplida letura ante otros amigos del resto de la carta, hasta donde su letra se ve. Y dice así: “Querida Inés del Alma Mía: cuando se cumplen 500 años de tu nacimiento, en la hoy muy noble, muy leal y muy benéfica ciudad de Plasencia, no quiero dejar este tu quinto centenario para recordar al mundo tus hazañas en la conquista de Chile y la fundación de ….” No hay pasar adelante, pues en este punto se pinta el papel de la carta quebrantado y demediado. Sin embargo, queda patente y plasmado per secula seculórum el homenaje a Doña Inés por su quinientos cumpleaños. Todos los circundantes recibieron grande gusto y contento de lo que la carta decía, y pidieron al descubridor de este hallazgo que advirtiese si en la pintura había alguna otra palabra o imagen ingeniosa. Tras un somero examen de la pieza, el ingenioso explorador se percató de que, en efeto, habían más signos inequívocos de la intención del pintor. Así, junto con la carta, hay dos sobres cuyos datos y signos de franqueo no permiten error: un sobre va remitido desde Chile y hasta Plasencia, como bien se lee en él, y tiene orla a colores propia del correo viajado, no en los galeones de su Majestad, sino por ingenio volador, y un sello chileno pintiparado, que no hay más que ver. El otro sobre, si cabe, es más curioso, pues es de una carta remitida a Chile, con marca del Correo de su Majestad de “URGENTE”, y pintado con traza de haber sido abierto de modo rápido, tosco y poco reflexivo. Nada de esto es baladí, y la razón de la tal premura es interpretada por quienes estas pistas descubrieron como el retraso que suponía rememorar el quinto centenario de Doña Inés un año después del justo momento en que debería haberse conmemorado. La  misma priesa se interpreta que llevaba quien abrió la carta de modo apresurado. Y, puestos a inventar, se puede interpretar grande la alegría de quien puso la carta al lado de unas flores, sujeta a la pared como cosa digna de ser vista y leída de todos.

Esta es la ficción que a todos los que la leyeren quería referir, tal y como me fue contada, y si no es cierta, al menos diremos como dicen los toscanos: “Se non è vero, è ben trovato”. ¡A fe mía, que bien merecía ser glosada esta historia, y aún ser compuesto un soneto para mayor loa del pintor que tan buen corazón tuvo de recordar a Doña Inés de Suárez en modo que hiciera justicia a sus merecimientos!

Dado en Don Benito, a día 26 del mes de enero del año del señor de 2.015

Jesús González Herrera.

 

 

 

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